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domingo, 14 de septiembre de 2014

Cartas de apoyo a La Enredadera, de parte de una vecina 3: M

Cuando yo estaba en La Enredadera el matemático en silla de ruedas entraba y se cruzaba con la mujer de pelo blanco que salía de la tienda gratis. No había encontrado nada pero le había gustado todo. A ella le gusta todo. Le gusta ver tocar el piano. Subió un día a la segunda planta, a La Caja de Músika a hablar con la profe. La profe de La Caja de Músika tiene el pelo largo, a veces se ponía a tocar hasta que llegaban las alumnas. Entonces según subías las escaleras la batería que alguien tocaba en la sala de ensayo se mezclaba con el piano.
Había música en La Enre, se cocían las cuerdas de guitarra en La Enre. Se cocían muchas cosas a futuro, a presente, a nunca. Se mezclaba el olor con el té con hierbabuena y la cerveza en las reuniones largas y heladas en las que todo el mundo hablaba y hablaba. Se silenciaban las palabras cuando la batucada sonaba, con el tamborín, y el agogó. Entonces aunque todo el grupo de antidesahucios se marchaba quedaban en las paredes restos de la lucha, en el aire, a veces en el humo del tabaco como si una olla a presión hubiera estado a punto de explotar pero sin llegar a hacerlo, a veces en el humo había un ¡Tetuán resiste!



Yo hace mucho que no voy a La Enre, pero recuerdo que el que enseñaba a arreglar bicicletas se cruzaba con la que contaba cuentos. Que la que contaba cuentos esperaba a coger una estufa a los del taller de fotos. Que los abrazos se vendían baratos pero no siempre había demanda, que hay quien jugaba al solitario cuando más gente había. Que se arreglaba el mundo y se rompían corazones y a veces sueños. Que nadie consiguió ordenar la biblioteca. Que muchas tardes nos dieron las tres de la mañana hablando.

Ahora Cristina Cifuentes considera que es nido de gente peligrosa y aconseja que mejor cerrarla. Supongo que se refiere a las que aprendimos a hacer pan, a las que se disfrazaron sin venir a cuento. Peligrosos los de clase de inglés que nunca se despiden con un good bye. Se referirá a los micos que juegan abajo mientras sus padres y madres se organizan arriba para darles de comer. Hasta los invisibles a los que nunca han visto verán ahora peligrosos. A la profe de yoga, tan conflictiva en la lucha porque los astros queden alineados y se abran los chakras.

Quizá no vuelva a La Enre pero en su día fui. No soy de ultraizquierda ni soy de ultraderecha. No quemo contenedores ni apuñalo a una persona por no tener mi acento. No miro por encima del hombro a la gente que no es de este país; no la pego. No pego. Esas cosas me quedan muy lejos. Yo hablo y a veces subo la voz pero con la cara descubierta y sin limitar mis argumentos al color de una bandera. Si quiero mi barrio limpio recojo los papeles del suelo y no insto a echar a los extranjeros. Si mejorara mi barrio lo imagino, con calles con color, con casas con gente, con personas en las plazas y cines abiertos, con cultura. Con lugares donde un grupo pueda reunirse para defender sus derechos o reclamar los que les han quitado. Yo no creo que mi barrio mejore teniendo que pasear con miedo por mi forma de vestir o por la gente con la que voy. Viendo policias por Juan de Olías todo el tiempo, oyendo rumores de amenazas, palizas... Estando en tensión. Viendo periodistas acercándose que mal informarán después. Yo no quiero Madrid con mandos que igualan lugares donde se tejen redes que protejan para saltar mucho más alto con espacios de odio, xenofobia y violencia. Que dicen que son igual pero enfrentados y que aconsejan cerrar La Enre.

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